¡Por fin un atisbo de esperanza! Y no es que se pudiera considerar un triunfo, pero al menos en esta ocasión, no había obtenido una negativa rotunda, ¡quizás todo lo contrario! No hacía más de treinta minutos que había dejado en su casa a Jazmín y, el simple hecho de acompañarla, significaba mucho para mí. Mi duda era si también lo significaría para ella. Había consagrado prácticamente toda mi vida a conseguir su amor y por fin, aunque tenue, un luminoso rayo de esperanza alumbraba alguna posibilidad.
Esa tarde habíamos estado paseando y aunque mal está que yo lo diga, creo que mis dotes persuasivas sirvieron de algo. En esto jugaba a mi favor el desinterés que muchos jóvenes muestran ante el simple y básico juego de halagar a su dama. Sí, mi dama… Soy un romántico y además, un convencido de que a las mujeres les gusta sentirse agasajadas con múltiples cuidados, ¡y a quién no! Este es el motivo por el que basé mi estrategia de conquista y galanteo no sobre un cuerpo hercúleo o un flamante coche, sino en abrir mi corazón, esperando que aquella vez mi locuacidad acompañara y mi temple permitiese controlar la situación. ¡Y funcionó! Toda una tarde paseando... Acompañarla a su domicilio fue mucho más de lo previsto para aquella primera cita.
De regreso a casa, absorto en mis pensamientos, pensé que quizás, debiera ser prudente y no dejarme llevar por el entusiasmo. Cuanto más se asciende en ilusiones, más dura es la caída y, bien pensado, tan sólo había paseado unas horas con ella. Puede que incluso hubiera accedido por no contrariarme y que sólo fuera compasión lo que yo interpretaba como otra cosa. ¡Quién sabe!
Mis pensamientos, cada vez más intensos, bullían en sensaciones que viraban y cambiaban de rumbo en un pulso que alternaba razón y corazón y conseguía ensimismarme, haciéndome perder la noción del tiempo y del espacio. Absorto en estas reflexiones caminaba, cuando oí una voz que me llamaba con cierta insistencia...
En otras circunstancias me hubiese asustado –no tengo pudor en reconocer que la valentía no es mi principal virtud– pero lo “íntimo” de esta voz que parecía provenir de mi interior no me intranquilizó. Consciente de que no la oía realmente sino que, ¡la sentía en mi interior!, me atreví también, jugando con mi imaginación, a pensar en voz alta:
- ¿Quién eres?
- ¡Cómo que quien soy! -replicó mi desconocido interlocutor- Parece mentira que tú me lo preguntes. Llevas toda la tarde hablando de mí y ahora me sales con esas...
Embelesado y ensimismado en mi mundo interior, me percaté de que no hablaba con nadie y fue precisamente esta circunstancia la que me desinhibió a seguir la conversación.
- Sí, claro... pero, por favor, ¿quién eres? ¿Dónde estás?
- ¡Mírame!, indicó la voz de forma imperativa.
Observé a mi alrededor y no conseguí ver nada. Sólo una inmensa luna llena presidía majestuosa el entorno alumbrando, pálida y siniestra, un paisaje cuya vegetación sabiamente distribuida a lo largo de un camino que terminaba en las inmediaciones de un lago, invitaba a la reflexión interior.
- Sí, soy yo, replicó de nuevo la voz.
Si alguien hubiese merodeado por aquellos parajes, se le habría identificado fácilmente gracias a la luz de la luna que perfilaba los contornos pero no, no había nadie. Nadie claro, excepto...
- ¿Luna?
- Vaya, parecía que no lo ibas a adivinar nunca...
Una cosa era estar absorto y casi insensible al mundo pero, de ahí a hablar con la Luna había un camino de lógica intermedio imposible de saltar. Esto me hizo volver raudo de mis pensamientos e intentar tomar las riendas de una situación que se me antojaba tan absurda como fantástica.
- No, no debes asustarte, dijo con sorna, En efecto, soy la Luna y no entiendo el porqué de tu sorpresa. Hace apenas unas horas me has invocado y ofrecido a tu amada.
Sí, era verdad, había ofrecido a Jazmín la Luna, ¡y todo lo que me hubiese pedido!, pero no más allá que lo que las limitaciones propias que el recurso poético impone. O eso creía yo. Sin duda no he sido el primer ni el último hombre que promete la Luna... ¿Pedirle permiso? Nunca había reparado en este detalle ni tampoco había oído hablar de nadie a quien le hubiese sucedido así que no sabía si asustarme, si disculparme o simplemente ignorar aquella situación fruto quizás de una tarde llena de emociones.
- Sí –volvió a irrumpir la voz– hace un rato casi me has vendido y vengo a convenir contigo los detalles del acuerdo. Es lo propio ¿no?
- ¿Del acuerdo? No entiendo”–balbuceé– Sí, es cierto que a Jazmín le prometí la Luna; bueno, sí, que te prometí siendo tú ella, llevas razón, pero sólo quería...
- Ya, no sigas, lo sé –respondió la Luna socarronamente– sólo querías halagarla, hacer que se sintiera protegida por un hombre capaz de alcanzar cualquier meta por ella, ¿verdad?
- Bueno, sí, eso es...
- Bien –replicó de modo severo– pues ha llegado el momento de demostrar hasta qué punto eres ese hombre que has aparentado ser durante toda la tarde o, simplemente, un petimetre.
Aquello me hirió. La conversación había adquirido tintes de un reto en toda regla donde yo debía asumir mis promesas con Jazmín o tirar, humillado, la toalla. ¿Pero la Luna? No podía dejar el menor atisbo de duda sobre mi decisión de amar firmemente a Jazmín, si ella me lo permitía. Nada ni nadie se antepondría a mis sentimientos por mi dama. ¡Ni siquiera la Luna!
- Bien –dije firmemente– expón los detalles de tu trato.
- Vaya… Veo que estás muy seguro, y dado que ya me has ofrecido, estoy dispuesta a conseguir el amor de tu Jazmín, sin que esto te garantice un éxito, que en última instancia siempre dependerá de ti. Allá va: en compensación, habrás de darme lo que yo te pida y cuando te lo pida. Simplemente eso…
- ¿Simplemente eso? ¿Qué será lo que me pidas? No puedo aceptar un trato en el que no conozco el precio.
- Sí, sí puedes –respondió la Luna–, no olvides que ya me has ofrecido sin siquiera contar conmigo ¿Por qué iba yo ahora a contar contigo? ¿O es que quieres echarte atrás? Este es el trato. Tú decides.
Argumentado de ese modo, el planteamiento tenía su lógica, aunque estaba basado en una lógica un tanto inquietante. Pero por otro lado, y aún pensando de forma acelerada a fin de ganar segundos al tiempo, esta tesitura fantástica me facilitaba un aliado sin igual y, a poco que ella –la Luna– hiciese en mi favor, mi devoción por Jazmín haría el resto. Además, ¿estaba loco? La Luna no habla y mucho menos negocia. Esto no era sino mi propia imaginación desenfrenada, que fruto de unas horas maravillosas en las que había tenido que mantener el equilibrio entre manifestar mis intenciones y no atosigar a Jazmín, se revelaba cansada y errática, así que, ¿por qué no aceptar el final del día con un increíble pacto si éste, a la postre, no era más que el fruto de mi mente?
- Está bien entonces –dijo complacida la Luna, que parecía adivinar mis pensamientos– A partir de mañana y cada vez que al mirar al cielo llena me veas, sabrás que estoy cumpliendo mi parte del trato y, por tanto, haciéndome merecedora del pago.
Sin tiempo para contestar, aquel pacto se cerró con un destello de luz blanca que barrió el paraje; un instante de luz casi cegadora que emanó de la Luna para sellar, junto a un sordo estruendo, mi compromiso con ella. Desconcertado, me dirigí a casa mientras me preguntaba si todo lo vivido había sido realidad o sólo era mi imaginación desbordante que me jugaba una mala pasada en un sueño…
Aquella mañana de lunes soleado auguraba un día radiante. En mi cabeza sólo había una temida y ansiada idea: volver a ver a Jazmín. Sentía cierto miedo ya que, al igual que yo, ella habría tenido tiempo para reflexionar y, quizás llegar a una decisión meditada en la que yo no tuviera cabida. Pero no, no fue así: ese lunes y el martes, y el miércoles ¡y todos los lunes, martes y miércoles siguientes, nos seguimos viendo! Lejos de la furibunda idea inicial de perderla, nuestra relación se consolidaba día a día, hora a hora, minuto a minuto… Parecíamos hechos el uno para el otro y, tras unas semanas, se me hacía extraño pensar cómo había podido vivir hasta entonces sin ella.
Así, mis días comenzaban con ella y, tras una secuencia de multitud de pequeños instantes, con ella terminaban. Durante las clases, entre pasillos, los fines de semana... El resto del mundo perdió sentido y ambos éramos conscientes de ser protagonistas de una historia desmedida donde cualquier otra cosa ajena a nuestro lazo quedaba relegada a un segundo plano.
Los meses fueron pasando y terminaron las clases pero, aun así, seguíamos juntos. Aquella noche acordamos contemplar el lago al anochecer. Nos presentamos a la hora convenida y abrazados, sin hablar, frente a un paisaje que palidecía ante la belleza de Jazmín, miramos el cielo. No hacían falta palabras para comunicarnos y esa fue probablemente la razón por la que Jazmín interpretó que algo raro ocurría cuando me estremecí. Sí, era ella, ¡la Luna! Estaba allí, como meses atrás y, aunque yo había dejado aquel episodio fantástico para el recuerdo, siempre planeaba sobre mí la sospecha de que lo acaecido aquella noche de otoño hubiese sido real. Ella, la Luna, omnipotente y henchida de orgullo, coronaba el estrellado cielo, dando ser a las cosas en la oscuridad. Casi la había olvidado…
Tal vez fuera el miedo o la mirada perdida en mi semblante lo que motivó a Jazmín a abrazarme y protegerme. Ese cúmulo de sensaciones me desbordó hasta derrumbarme en un titánico duelo entre la verdad y la fantasía. Incapaz de enhebrar ideas, sólo el tacto con la piel de Jazmín me hizo volver a la realidad pasados unos minutos. La única idea clara que conservo de aquel momento es que sentí que compartiría el resto de mi vida con ella.
Y el tiempo pasó… Si tuviese que hacer un balance de aquella época, el resultado, sin lugar a dudas, sería incierto. Fueron unos años llenos de alegría y tristeza, de optimismo y pesar, de júbilo y llanto. Una realidad bipolar que a veces desplazaba mi juicio. Por un lado tenía una vida plena, con Jazmín a mi lado… Jazmín, cada vez más bella si cabe en su interior, se reveló –con el tiempo– no sólo como una magnífica esposa sino, también, como la mejor madre. Por mi parte, era bien considerado en mi trabajo y, por qué no decirlo, profesionalmente reconocido. Pero mis días, todos y cada uno de mis mágicos días de luz, se difuminaban en reflejos de realidad a la puesta de sol. Los últimos rayos multicolores daban paso a la más absoluta oscuridad y, reinando sobre todo, aparecía ella, aquella implacable Luna, aquella maldita Luna.
Comencé a pasar noches enteras en vela, elucubrando sobre el precio a pagar por mi felicidad. A veces creía oír a la Luna burlándose de mí y yo me atormentaba con la idea de qué me arrebataría. A los días de dicha alternaban noches de tortura pensando, a medida que mi ventura iba creciendo a través de los años, si el precio a pagar quizás no habría de ser también mayor.
En mis debates íntimos, llegué a especular con la posibilidad de que me arrebatase a Jazmín ¡No, no podía ser! ¿Y mis hijos? ¿A cuál de ellos debería entregar? Sería como plantear a cuál de mis ojos quisiera renunciar... ¡No! Preferiría entregar antes mi vida, mi dichosa y completa vida, a sacrificar a ninguno de los míos.
Esta realidad antagónica llegó a establecer una pétrea frontera entre el día y la noche, entre la felicidad y el temor. Si se pudieran cuantificar tantas sensaciones, la media aritmética arrojaría una vida estable, serena, mediocre..., ¡pero la realidad era distinta! Aquellos años fueron noche y día, oscuridad y luz, pesimismo y esperanza. Todo resultaba extremo y era capaz de ser, sin proponérmelo, el hombre más feliz de la Tierra o el más desdichado. Mi vida era completa pero, a medida que anochecía, se llenaba de lagunas mientras yo maldecía aquel condenado pacto. En mi desolación, la Luna crecía y llenaba la noche pareciendo querer estallar. Blanca y brillante, era testigo omnipresente; juez implacable de mi felicidad.
Aquella situación fue dejando, con el paso de los años, marcas imborrables en mi vida cada vez más evidentes, incluso para los demás. Tantas noches de desvelo acabaron turbando mi humor; cada amanecer era una cuenta atrás esperando la noche. Mi juicio, se volvió inestable y llegó incluso a separarme de Jazmín pero ella, siempre volvía a mí perdonándome sin entender qué me ocurría, tal y como aquella noche junto al lago donde me abrazó. Mis hijos crecieron y, más ecuánimes que su madre, fueron alejándose de un padre al que no podían predecir. Mi excesivo proteccionismo en su etapa infantil llegó a convertirse en un imperativo dictatorial en su pubertad. Pasada esta etapa, simplemente volaron... No sabría decir si habían sido felices o si los recuerdos de nuestro hogar les serían dichosos. Volaron buscando sus propios horizontes. Sólo su madre mantenía una exigua y mínima comunicación con ellos. Sólo ella se alzaba cual eje en torno al que giraban mis momentos de lucidez y desvarío, de cordura y de turbación; los cuales, a velocidad frenética, creaban un clima borroso donde cada vez era más difícil distinguir el día y la noche; la realidad.
Aquella no-felicidad, porque no era feliz completamente; aquella no-vida, porque no era una vida completa, terminó junto con ella, con Jazmín. Una mañana, al regresar a casa después de vagar atormentándome durante toda la noche, la encontré dormida como otras veces pero, en esta ocasión, no despertó. Había muerto. Se había ido. Sola, siempre sola. Incluso en el momento último de su muerte. Toda una vida cuidando mí y de mi creciente agriado humor. Siempre combatiendo la realidad, ¡la única realidad! Estaba sola. Y sola murió.
Fueron meses eternos donde la noche ya no sucedía a la mañana sino que reinaba de forma permanente en mí. Ya no existía amanecer, y la Luna, más desafiante que nunca, permanecía impertérrita sobre mi cabeza mientras yo añoraba a Jazmín y a mis hijos. Fue un tiempo en que nada ya tenía sentido y en el que una bruma inconsciente de locura acabó adueñándose de mi escaso juicio hasta desequilibrarme por completo.
Ahora comprendía, quizás por estar solo o quizás por estar loco, el desmesurado precio pagado a la traicionera Luna. Un pacto en el que había pedido felicidad a cambio de infelicidad. ¡Ese era el precio y no me había dado cuenta hasta ahora! Había vivido una existencia atormentado por mi fantástica deuda, perdiendo el gozo de disfrutar cada instante. Jazmín, mis hijos…, todos se habían alejado. Sin pretenderlo ¡había echado a todos de mi lado! Mi existencia había estado condenada a pagar un compromiso que había comenzado a saldar el primer día de aquel lastimero pacto ¡Estúpido iluso! El precio impuesto había sido alto. Mi débito saldado estaba, más… en mis últimos momentos de cordura, una duda, aun más mísera y cruel que mi propia vida, comenzó a golpear mi escasa lucidez… ¿Realmente existió algún pacto o fue tan solo un sueño?
