Antes de entrar en ningún otro tipo de cuestión, quisiera presentarme, ya que así debe comenzar cualquier exposición un buen Akan, de los grupos Asante y Fanti. Mi nombre es Kwame Kotoka y vivo en Kade, Ghana, un pequeño y pobre país –a pesar de nuestras abundantes reservas de oro, diamantes y petróleo– situado en el África Subsahariano. Tal vez haya sido nuestra riqueza natural la que nos ha llevado a esta situación de inestabilidad política, de continuos golpes de estado y de guerras entre etnias hermanas… Y quizá sea éste también el motivo por el cual muchos jóvenes nos vemos en la necesidad de emigrar, de descubrir en otras fronteras todo aquello que nuestra rica tierra nos niega. Resulta irónico pensar que no hace tanto, nuestro país era conocido como "Costa de Oro".
Mi historia, a decir verdad, es más bien la historia de mi buen amigo Alhaji Nkrumah y ese es el verdadero motivo por el cual hoy, aun con el cansancio de un duro día, me atrevo a contarla. Sé que mi relato no llegará a ningún sitio, pero es algo que de alguna manera los más jóvenes deberían conocer, aunque puede que en su inexperiencia atiendan más a otro tipo de mensajes: a aquellos que hablan de fortunas fáciles y de hermanos que consiguieron el éxito en otra tierra.
Mi relato se sitúa cuando conocí a Alhaji, cinco años atrás. Alhaji procedía, como casi todos, de una familia humilde de la región central, en Agona-Nyakrom. No obstante, tenía una vasta cultura fruto de cientos de libros devorados a lo largo de su vida. En él siempre destacó su triste figura: era alto, desgarbado y flacucho. Pero, sobre todo, se distinguía por su mente, llena de fantasía. Hay quien opina que era consecuencia del hambre; otros, que el Sol mermó su percepción de la realidad en las largas jornadas de trabajo. Lo cierto es que Alhaji tenía una lucidez poco común, capaz de ver lo invisible y permanecer impasible ante lo evidente.
Como decía, Alhaji y yo comenzamos una relación de amistad hace cinco años. Nos conocíamos desde hacía bastante, pero siempre había sido una persona introvertida. Fue tras conocer la existencia de una nueva tierra a través de unos libros llegados de otro continente cuando Alhaji se tornó más comunicativo. No paraba de hablar de las grandezas de Europa y de todas las posibilidades que ese nuevo mundo, en comparación con el nuestro, ofrecía. Esa obsesión le llevó no sólo a pensar en lo que podía obtener de esa tierra, sino incluso a meditar sobre qué podía él ofrecer a Europa... ¡al mundo entero! Y asumir la responsabilidad de cruzar fronteras aportando justicia ¡Pobre idealista loco!
Por estúpido que parezca, quizá fue esa la actitud que me atrajo de él. No pensaba en enriquecerse trabajando más allá de nuestros límites geográficos. Su visión era mucho más generosa: dar a los demás para crear un mundo mejor, más justo ¡iluso! Sin duda era el hambre y el Sol. Probablemente también los libros, pero su loca lucidez me atrapó de tal modo que quise enrolarme con él en cuantas aventuras emprendiera, aún por descabelladas que pudieran parecerle a los demás. Mi sentido común, mucho más terrenal que el suyo, me indicaba que poco podía perder: en nuestra tierra, la aventura de la emigración es algo que cualquier joven, tarde o temprano, debe plantearse. Por otro lado, poco tiene que perder el que nada tiene. Fue así como ambos iniciamos nuestro viaje, nuestra gran aventura.
Abandonar Ghana no era una labor sencilla. Podíamos caminar hacia el Sur, hasta Accra, pero una vez en el Golfo de Guinea, en pleno Océano Atlántico, la huida se complicaba. No obstante, ese fue el camino elegido y también la primera vez que me desconcerté. No hacía más de media hora que habíamos llegado al puerto de Accra. Allí se advertía otro estilo de ciudad. La industria, con una arquitectura colonial, había enriquecido aquella zona del país, y los atractivos de la costa eran bien valorados por los turistas. Próximos a un puerto de lujo, me hallaba ensimismado en la forma en que continuaríamos nuestro viaje, cuando un joven pasó cerca de nosotros. Caminaba a tropezones apoyado en una joven y, quizá aturdido por el alcohol -se percibía a distancia un fuerte olor dulzón a whisky- cayó de bruces a nuestros pies. Al levantarse y, sorprendido por nuestra presencia, escupió con desprecio sobre Alhaji. Esta conducta desagradó a la joven que le acompañaba quien reprendió su actitud, recibiendo un golpe sobre su mejilla por toda respuesta.
Alhaji se incorporó rápidamente y se interpuso entre ambos, protegiendo a la joven que había roto a llorar. Y justo en el instante en que el mozalbete se disponía a golpear también a Alhaji, éste se apartó provocando que aquel jovenzuelo borracho cayese al agua. Temí lo peor. Aunque no habíamos hecho nada, ¿quién iba a creer a dos miserables como nosotros frente a unos europeos blancos dispuestos a gastar sus divisas? De un modo pausado y sereno, Alhaji miró a la chica y con voz firme le dijo:
- “El color amarillo representa a Dios, la vida eterna, la prosperidad; el blanco, la pureza, la verdad, la alegría; el verde, la fertilidad; el círculo, el poder de Dios; el rectángulo, la virilidad, y el triángulo, la feminidad. No veo en tu acompañante más que el negro y no acabo de entender... ¿Qué haces junto a él?”
Aquella reacción resultó inesperada incluso para mí ¿De dónde había sacado aquel discurso? Y lo que era más sorprendente ¿a qué obedecía esa tranquilidad? La chica, extrañada, sonrió, con una mezcla de agradecimiento y perplejidad y, en un perfecto inglés, nos invitó a subir a su barco. No sé si me resultó más extraña la actitud de mi amigo o la reacción de aquella joven, pero lo cierto es que pasados unos minutos nos encontrábamos a bordo de un yate de lujo cargado de jóvenes blancos con ganas de reír y pasarlo bien ¿Qué mejor que un par de bufones como nosotros para divertirles? Su destino era el Sur de Europa y eso nos unía. Creo que fue ahí donde decidí asumir lo que el azar, de la mano de mi compañero de viaje, quisiera depararme.
Permanecí callado durante toda la travesía, limitándome a llamar a Alhaji si alguien me hablaba. Todo eran mofas y chanzas con respecto a nosotros pero a Alhaji no parecía importarle. Era tal la seguridad con la que hablaba que a veces el grupo se reunía frente a él escuchando viejas historias de Ghana. Una noche me atreví a preguntarle:
- “Pero Alhaji, ¿No te das cuenta que se mofan de nosotros y usan nuestra miseria para divertirse? ¿No lo ves?”
- “Querido amigo, ¿conoces el taburete de oro que se encuentra en el palacio de Manhyia? Sólo se saca en ocasiones especiales. Es tan sagrado que ni siquiera al rey se le permite sentarse en él y nunca debe apoyarse en el suelo”.
- “Sí, pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros?”
- “Nuestros antepasados, los ashanti, hicieron un taburete de oro falso para engañar a los británicos, quienes creyendo que era el verdadero, se lo exigieron a los ashanti conservándolo así durante décadas, antes de descubrir el engaño. ¿Quién crees que realmente se rió de quién? ¿Quién crees que engañó a quién?”
- “Alhaji, no te das cuenta de la realidad. Se ríen de nosotros y tú me hablas del taburete de oro…”
- “Amigo Kwame, eres tú quien no consigue ver. Tú vas hacia tu destino en una lujosa embarcación y al igual que el taburete descendió de los cielos para marcar el comienzo del pueblo ashanti, este barco marca el comienzo de nuestra aventura. ¿Quién crees que realmente que se ríe de quién? ¿Quién crees que engaña a quién?”
¡Europeos arrogantes! Deberían saber que su desprecio sólo manifestaba su ignorancia. Deberían saber que Ghana estaba habitada desde el año 4000 a.C., mucho antes que la mayoría de sus ciudades y que, en gran medida, ellos eran los responsables de nuestro viaje. Portugueses, ingleses, holandeses y daneses nos arrebataron en el siglo XVI nuestro oro, nuestro marfil y, lo que es más importante, nuestra gente, capturando a más de 10.000 esclavos al año. ¿Por qué nos despreciaban ahora? Pero aún así, he de reconocer que tanto en ésta como en el resto de ocasiones en las que no podía entender la actitud de mi amigo, su capacidad de análisis me abrumaba a la vez que también temía su locura.
En unos días llegamos al Sur de Europa. Alhaji abandonó la embarcación despidiéndose cortésmente de todos y cada uno de los pasajeros del yate que no paraban de reír sus desmedidos gestos de gratitud. Yo le acompañé dispuesto a iniciar nuestra nueva andadura.
En estos intensos días vividos, el modo de ver a mi amigo fue cambiando poco a poco. Bien es cierto que yo era mucho más ignorante pero, también, más práctico. Solo buscaba cambiar mi forma de vida, conseguir trabajo, pero quizá, por mezquino que mi planteamiento pueda parecer, las excéntricas actuaciones de Alhaji me resultaran rentables. No en vano, lejos de haber tenido que jugarnos la vida en una patera, habíamos realizado una travesía de placer en un yate de lujo ¿sería yo quien estaba equivocado?
Así, deambulamos durante días por la nueva ciudad, adaptándonos a nuestro nuevo entorno. Visitamos cada calle, cada rincón, hasta que, cierto día, llegamos a un barrio de inmigrantes. A pesar de nuestra condición de extranjeros, aquella zona de la ciudad se había convertido en un gheto peligroso incluso para nosotros. El racismo no me resultaba nuevo ya que si bien en Ghana no existía ninguna etnia dominante, imperaba la discriminación e intolerancia entre todos los grupos. No en vano, en 1995 varios miles de ciudadanos perecieron en el norte del país en un conflicto entre jefes tribales que databa de la época precolonial. Dado que en alguna ocasión ya había oído hablar de estos suburbios, opté por alertar a mi amigo:
- “Alhaji, creo que será mejor que salgamos de aquí. Mira que, aun siendo emigrantes como nosotros, no me inspiran confianza alguna.”
- “Mi querido Kwame, ¿no te das cuenta de que nuestros hermanos no pueden sino alegrarse de nuestra presencia? ¿No harías tú lo mismo? Mira, mira… ¡aquí vienen a saludarnos!”
Fue en ese momento cuando miré con pavor a mi espalda y observé a un grupo de negros aproximarse rápidamente hacia nosotros. No tuve tiempo de reaccionar y antes de que pudiésemos hacer nada nos robaron lo poco que habíamos aprovisionado para nuestro viaje. Alhaji no paraba de vociferar; invocaba a la hermandad entre hermanos, a la justicia… y eso fue lo peor. Aquellos ladrones, a fin de no ser descubiertos por los gritos de mi amigo, la emprendieron a golpes con nosotros hasta dejarnos tendidos en el suelo...
No sé el tiempo que transcurrió. Era de noche cuando nos levantamos del duro asfalto magullados por todo el cuerpo y, en el caso de Alhaji, magullado también en su alma.
- “¿Lo ves Alhaji? Te avisé que eran peligrosos y que debíamos huir. ¡Ahora no tenemos nada para intentar siquiera volver a casa!”
- “No te preocupes buen Kwame que esto no ha sido sino la intersección de alguna fuerza maligna y esa es la prueba evidente del inicio de nuestra aventura. Estos ladrones recibirán su merecido tan pronto sea reconocida mi valía como corresponde. ¡Qué no por ser extranjero en esta hospitalaria tierra habrá algún problema para apreciar mi capacidad!”
Dicho esto, Alhaji se desvaneció de nuevo tal vez fruto del hambre y de la paliza que habíamos recibido y, poco después, yo también. Supongo que fue así pues cuando recobré la consciencia, me encontraba en una cama de hospital con sábanas blancas. Al parecer alguien llamó a una ambulancia y los Servicios Sociales de la ciudad nos recogieron. A mi lado, mi amigo ya se había incorporado y sentado en la cama. Departía con los enfermeros, que habiendo formado un corrillo, le escuchaban con atención. Hablaba de cómo se había enfrentado a un grupo de ladrones y que, cuando casi les había vencido, la debilidad
del hambre –esa fuerza maligna– hizo presa en él y sucumbió ante los golpes de aquellos a los que ya no podían considerar hermanos. No sé si la atención que ponían los sanitarios a aquella retahíla de fantasías era debida a la historia en sí o a un interés profesional de analizar el punto de demencia que afectaba a mi compañero. Una vez solos, Alhaji me hizo reflexionar sobre la suerte que habíamos tenido al toparnos con aquellos ladrones y en cómo gracias a ellos ahora nos encontrábamos limpios y alimentados por toda aquella buena gente.
No obstante, sospechaba que aquella tranquilidad no duraría mucho y en efecto al día siguiente Alhaji propuso que abandonásemos el Hospital. Aun no me explico cómo, con aire diligente, consiguió abandonar el edificio sin que nadie nos detuviese. Mis piernas temblaban y, con la cabeza baja, apretaba el paso cada vez que nos cruzábamos con un enfermero. Él, por el contrario, levantaba aun más la suya y caminaba con arrogancia. En pocos minutos nos encontramos en la calle.
A partir de ese momento toda percepción de la realidad fue transformada en su mente y su locura se tornaba cada vez más pronunciada: veía lindas jóvenes a las que pretender donde sólo había prostitutas inmigrantes; forasteros felices con fabulosas viviendas en lugar de míseros apartamentos donde se hacinaban familias enteras; veía trabajo para todos donde sólo había explotación laboral; suculentas ambrosías en los abarrotados comedores de caridad que frecuentábamos…Cada vez que iniciaba una de sus gestas urbanas, nuestras distintas percepciones de la realidad nos llevaban a terminar la aventura, ya fuera vapuleados, según mi realidad, o airosos, según la suya.
No recuerdo cuánto tiempo llevaríamos fuera de casa cuando, cierta mañana, unos hombres uniformados nos abordaron pidiéndonos la documentación. Yo sabía que no disponer de los permisos oportunos nos deportaría de forma inmediata a Ghana y, en este punto de nuestra historia, no sabía a ciencia cierta si eso era lo que realmente deseaba. Alhaji, como no podía ser de otro modo (ya me había acostumbrado), se dirigió a los policías en tono condescendiente cual si fueran niños:
- “Queridos amigos: No es a mí a quien debéis detener sino a aquellos ladrones que durante semanas nos han hostigado. Yo no estoy aquí sino para ayudaros así que, continuad con vuestro noble trabajo mientras yo continúo con el mío.”
Dicho esto se dio la vuelta tardando más en girar de lo que tardó el policía en sujetarle por el hombro. Estaba claro que nuestra aventura había tocado a su fin.
De alguna manera, y a pesar de las vicisitudes (Alhaji vivió o creyó vivir como un caballero tal cual había soñado: defendiendo damas, enzarzándose en gestas callejeras...), la fortuna nos había sonreído hasta ahora. Pero sus gigantes se convirtieron en molinos y estaba claro que nuestra aventura había tocado a su fin. Se abría el proceso administrativo para devolvernos –fuimos bien tratados- a Ghana, nuestra tierra natal. Durante esos eternos días, Alhaji envejeció como si hubieran pasado años. Idealismos y locas ideaciones caían sobre él; su dolor era tan intenso como su frustración por no poder arreglar el mundo.
Por primera vez desde hacía unos meses, fui consciente de la realidad. Esa realidad que tanto pesa y con la que todos –a fuerza de sobrellevarla– hemos aprendido a convivir. En mis largos silencios, meditaba sobre si realmente sus heroicas hazañas habían servido de algo, mientras yo, absurdo idealista en esos momentos, me sentía reo en mi propio mundo.
A partir de ese momento, nuestros caminos se separaron. En realidad no sé si me aparté yo o fue Alhaji quien se distanció buscando nuevos horizontes para deshacer entuertos. La amistad que nos había unido, se resquebrajaba bajo el peso del muro que nuestros enfrentados puntos de vista habían construido, ladrillo a ladrillo. Pero sé que el mundo necesita idealistas, locos idealistas que emprendan justas para mejorarlo, espíritus quijotescos capaces de cambiar la realidad que, bien analizada, es la mayor de las locuras. Es posible que también requiera Sanchos que enmienden el complicado engranaje de la vida aunque sólo sea para que los Quijotes tengan sentido. Yo, pobre miserable, sigo en mi cotidianidad, viendo sólo aquello que permiten mis ojos, y aceptando sumisamente un mundo que reclama a gritos, locos como Alhaji.
