SEREIRA

Publicado por: JoseM

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JoseM

Fue un 13 de Octubre de 1908, como bien pudiera haber ocurrido en cualquier otra fecha. De hecho nada fue digno de recordar de aquel día y, ni tan siquiera, de aquel año exceptuando los Juegos Olímpicos –y no precisamente para bien– y que muy lejos quedaban de este escenario: el del nacimiento de Sereira. Además, y si por algún extraño motivo hubiese tenido algo de memorable esa fría noche de otoño londinense, la memoria -frágil por necesidad- se habría encargado de empañarlo con la trágica muerte de la madre de Sereira. Hay quien piensa que, ante determinadas situaciones antagónicas, debe prevalecer la de mayor trascendencia pero ¿Cómo evaluar una nueva vida frente a la muerte? Sólo el tiempo da la perspectiva necesaria para determinar qué fue lo realmente importante acaecido esa noche, pero… eso es cuestión de, precisamente, el tiempo.

         Así, en la calle Brick Lane del East End de Londres, bajo esa niebla húmeda que acompaña las últimas horas del día, nació Sereira; una preciosa niña blanca como la nieve y con un lacio pelo azabache que hacía resaltar sus aún escasamente perfiladas facciones infantiles. Pero a pesar de ser sólo un bebé de rasgos poco definidos, como se le presuponen a una niña de escasas horas de vida, Sereira tenía algo que llamaba la atención. Desde su primer llanto, provocado por los obligados azotes de la comadrona que atendió a su madre momentos antes del trágico final, hasta esa mirada perdida de quien aún no es capaz de ver, pero sí de intuir, denotaba algo diferente en ella. De algún modo se percibía que Sereira era una niña especial, si bien resultaba imposible determinar qué es lo que le hacía distinta de otras niñas. Pero todo a su tiempo…

         La cuestión es que nadie llegó a entender cómo pudo llegar a pasar. Fue en el instante en el que la hija irrumpía en el mundo con sus llantos, a trompicones, haciendo uso de su recién estrenada vida, cuando la desdichada madre, aún agotada por un parto nada sencillo y que de una cesárea hubiera requerido, buscó sus últimas fuerzas para abandonarlo. De un modo silencioso, casi tímido, la mujer avanzó el escaso metro y medio que separaba aquel amarillento catre de la ventana del tercer piso desde la que se precipitó sobre los adoquines húmedos y brillantes por el reflejo de la exigua luz de las farolas. Todo ocurrió en un segundo, mientras los presentes dedicaban su atención a aquella criatura de poco más de dos kilos que acababa de ser parida. Recién nacida y huérfana a la vez, todo en el mismo instante.

         Hay cuestiones que no ofrecen la posibilidad de reflexionar y esta situación se prestaba a ello: una niña recién nacida en un entorno pobre sin nadie que la atendiese. Su tía era la única familia conocida y sólo a ella cabía acudir en esa noche cada vez más oscura. Así, y por la imposición que crea la necesidad de alivio del hambre acuciante, Sereira creció bajo los cuidados de Rose Hill, la hermana de su padre, que había muerto pocos días después de haberla concebido, según los cálculos de su madre. Tampoco se trataba de elegir: esta criatura, aunque “diferente”, no era más que un bebé y sólo tenía a Rose para cuidarla. Eso o, claro, el oscuro orfanato que garantizaba las más crueles tropelías sobre los niños. No, no era cuestión de elección: Mrs. Hill, aunque poco ducha en cuestiones de pañales era, sin lugar a dudas, la mejor de las opciones. A fin de cuentas era su sobrina, por muy loca que hubiera estado su cuñada al abalanzarse de ese modo sobre el frío asfalto.

         Sereira siempre tuvo un aura especial, y siguió con él mientras creció. No era una niña fea, es más, tenía una belleza muy particular y difícil de explicar. Sí despierta, aunque no podría considerársela como superdotada. No obstante, guardaba ese brillo en sus ojos que delata a aquellos que son diferentes, de aquellos que encierran algo distinto dentro de sí sin, a veces, ser conscientes de qué se trata. Larga y blancuzca, fue creciendo con unas piernas y brazos que se perdían en la lejanía, engarzados a un cuerpo que no alcanzaba a seguir el crecimiento del resto de sus extremidades. Pero, sobre todo, su voz… Una voz clara y cristalina, aguda, fría y pulida como un cristal. Una voz que desde los primeros lloros infantiles destacaba sobre los demás y que día a día crecía en belleza al igual que la niña. Diríase que cantaba más que hablar, que envolvía cuando susurraba, que embrujaba cuando pronunciaba. Era tal el efecto que provocaba que, incluso, cuando era más pequeña, otros niños callaban ante su llanto. Y el tiempo siguió pasando…

         El sombrío Londres de finales de los años 20 no era el mejor entorno que para la educación de una niña en plena pubertad cabría desear pero, de cualquier manera, tampoco en esto había posibilidad de elección. La parte de la ciudad a la que no llegaba el charlestón, ese ritmo frenético importado de los Estados Unidos y que caracterizaba a una parte de la sociedad despreocupada, se hundía en lo que hacía presagiar la crisis de 1930 y, después, la Segunda Guerra Mundial. Así, Sereira fue creciendo tal y como nació: a trompicones, sin demasiado tiempo para reflexionar en un entorno –el que le había tocado vivir– que la imponía un severo régimen de madurez temprana. Con tan solo 12 años conocía del mundo más que muchas mujeres en toda una vida. De cualquier modo, eso no fue en detrimento de su ingenuidad, que en ocasiones podía ser confundida con una candidez que ella misma se encargaba de aclarar de forma rotunda cuando así era preciso.

         Poco a poco se fue deshaciendo de aquellos rasgos infantiles, casi esbozos, de su niñez. Unas atractivas facciones preadolescentes comenzaban a adivinar lo que necesariamente sería una bella mujer. Pero entre todas sus virtudes, había una que siempre destacaba sobre las demás: su voz; una voz dulce y firme que, a medida que fue creciendo, se fue haciendo más y más melodiosa. Una voz diferente, inimaginable para quien no la hubiese oído e imborrable para el resto. Una voz que rebotaba en el cerebro de cuantos la oían. Una voz que sobresalía más si cabe porque las jovenzuelas de su edad parecían graznar cuando Sereira hablaba. Con los años, alguien me dijo que “Sereira” significaba “sirena” en portugués ¡nunca un nombre pudo ser puesto con mayor acierto! Un esbozo de mujer a sus doce años que, a pesar de su juventud, ya era capaz de embrujar con su canto de sirena, con su bella voz.

         Si bien es cierto que conozco a fondo su historia, he de confesar que ésta empezó a interesarme –de sobremanera– desde que la conocí, cuando debía andar por los quince otoños, hasta el fin de mis días. Yo tenía diecisiete y mi aspecto era el de un mozo desgarbado aunque resultón –como decía mi madre–. Ella ya era toda una mujer. La Naturaleza no consulta el modo en el que va a repartir sus bondades y, a pesar de su precaria alimentación, Sereira era la joven más exuberante de ese Londres que comenzaba a mostrar el aspecto más crudo de la crisis. Probablemente el hecho de que Sereira nunca hubiese conocido otro estilo de vida, la hacía más fuerte para abordar una situación que, de forma patética, le era indeseablemente familiar. Aun con todo en nuestra contra, he de confesar que Sereira, la más deseada, la más bonita, acabó accediendo a mis pretensiones y yo, como no podía ser de otro modo, sucumbiendo a sus encantos. Una mujer especial que se sabía como tal y se mostraba segura de sí misma.

         Y así fue como el amor de Sereira fue el que me hizo enmudecer. No, no se trata de un recurso literario, sino de todo lo contrario: de la realidad palpable que aún a día de hoy, cuando ella ya no está a mi lado, me la evoca de forma constante. Es posible que fuese fruto de la casualidad o no, pero ¿qué son los hechos previsibles sino una sucesión continua de casualidades? Visto así, una casualidad es un hecho constatado fortuito y, de un modo u otro, la realidad no se anda con remilgos: tozudamente mi mudez me la recuerda en cada instante. Todo ocurrió rápido, casi sin darnos cuenta. Fue la primera vez en la que ella accedió a darme su flor, a abrirse a mí en la primavera de 1926, en los Kensington Gardens, situados al oeste del lago Serpentine, un verde entorno de Londres. Recuerdo perfectamente que Isabel II acaba de nacer ¿Por fin una descendiente de Jorge VI! Pero no, lo importante no era eso… Eran poco más de las cinco y media y un tenue sol que se extinguía acariciaba el verde césped. Siempre había imaginado cómo sería aquella primera vez pero nunca pude suponer que fuese de un modo tan sencillo, tan natural. A pesar del carácter experimentado de Sereira en casi todos los aspectos de la vida, en este se descubrió tan inexperta como yo: el deseo hizo que aquello sólo fuese memorable por esa “primera vez” más que por el acto en sí, pero eso daba igual.

         Fue esa misma noche cuando, al volver a casa tras haberla dejado junto a Mrs. Hill, comencé a notar un picor insistente en la garganta al que no di mayor importancia. A la mañana siguiente, simplemente, no hablaba; era mudo. Visité decenas de médicos y ninguno supo darme una explicación certera; simplemente no podía hablar. Aunque relatado en unas pocas líneas pudiera parecer un hecho sin importancia, mi sobrevenida discapacitación supuso un importante trauma ya que tuve que adecuarme a mi nueva situación de un modo inmediato. Este estado me generaba ansiedad de comunicación, ganas de contarle a mi amada cómo me encontraba y, mi propia incapacidad era mi mayor agobio. Fue el tiempo, como siempre, quien se encargó de adecuarme a este estado y a aprender a refrenar mis emociones, sujetando fuertemente las riendas que la ausencia de voz usa para sujetar el alma.

         Ella supo también amoldarse a esta situación y eso me tranquilizó. A veces se adelantaba incluso a mis deseos y no era preciso gesticular de un modo torpe para hacerme entender; Sereira sabía en cada momento qué quería y eso me hacía aun más dependiente de ella. Supongo que este fue el motivo que me ayudó para comenzar a analizar lo obvio, a observar lo trivial. La ausencia de voz conlleva a que sólo con uno mismo tenga sentido el análisis de la vida ¿con quien conversar sobre algo trascendente? ¿Cómo manifestar anhelos, inquietudes –que resultan difíciles de expresar a través del habla– con burdas gesticulaciones? Pronto me descubrí como mi mejor interlocutor: siempre dispuesto a escucharme, a comprenderme sin necesidad de palabras y, por supuesto, dispuesto a analizar y profundizar en los más recónditos temas que mi, a veces torturada, alma planteaba. Sólo así fue como conseguí ver lo realmente obvio que, por lo general es lo que más desapercibido pasa. Todo esto me evocaba a Oscar Wilde, aquel excéntrico novelista irlandés, que últimamente me había dado por leer de forma obsesiva, cuando afirmada que el verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible ¡Cuanta razón tenía!

         Sé que lo que voy a relatar puede parecer una locura pero es real; a mí mismo me costo asimilarlo, a pesar de vivir la experiencia en primera persona. Todo ocurrió en Mayo de 1930. Sereira tenía ya veintidós años y atrás, muy atrás, habían quedado los recuerdos de pubertad. Podría decirse que formábamos una pareja “consolidada” dentro de los cánones establecidos en la época. Realmente, si he de ser fiel a la realidad, lo que ocurrió aquel día no fue el inicio de nada, excepto del despertar de mi conciencia: hacía algunos años que algo sospechaba, pero nunca imaginé encontrarme con la realidad frontalmente. Fue el cumpleaños de Katty, la hija mayor de una amiga de Mrs. Hill. Katty cumplía sus primeros 15 años y, si bien no habíamos asistido más que a cumpleaños estrictamente familiares, Katty había sido una hermana para Sereira y, de algún modo, siempre la había cuidado y protegido. De pequeña fue su muñeca y, a medida que fue creciendo, fue adquiriendo los diferentes roles que Sereira exigía conforme a su edad. La percepción actual, y a pesar de la proximidad de edad, era más de madre que de hermana o amiga, con un instinto protector sobre todo aquello que, en el momento de florecer, resulta delicado y frágil.

         Y fue esa tarde cuando todo sucedió. La fiesta se celebró en casa de Mrs. Hill y fue tras bailar con Katty cuando Sereira se acercó y la besó suavemente en la mejilla. Fue un beso sincero, fraternal, de amor puro como ningún otro. Este gesto natural que a nadie sorprendió, hubiera pasado desapercibido de no haber sido por la inmediata indisposición de Katty que se tornó en un desvanecimiento que duró hasta la mañana siguiente. No sé por qué miré en ese momento a Sereira. Sé que fui el único en hacerlo porque todos estaban pendientes de la inconsciente Katty y… todo comenzó a tomar forma. Sereira tenía una desdibujada sonrisa giocondina en sus labios y la mirada perdida. Serían cerca de las 7 de la mañana cuando Katty abrió tímidamente los ojos. De repente, su blanca tez se tornó de color sangre mientras sus ojos desorbitados buscaban comprensión. Nadie entendía qué estaba ocurriendo, nadie excepto yo: ¡Katty había enmudecido! Sé que el resto de los allí presentes no se dio cuenta de esto inmediatamente, pero yo… ¡cómo no hacerlo! De algún modo vi en un instante lo que había sido, años atrás, mi pesadilla. Katty había perdido su voz.

         A partir de entonces todo fue sencillo: bastaba con autoengañarme, con llegar a esa autocomplacencia que sólo las personas con problemas para comunicarnos con el resto del mundo tenemos. Pero, por otro lado, mi nexo con el mundo era Sereira, cada vez más pendiente de mí. Al ser una mujer sorprendentemente intuitiva, habíamos llegado a formar un equipo donde, si bien las sinergias no eran equilibradas, el resultado final era aceptable para ambos. Un estado intermedio entre la simbiosis y el mutualismo que habíamos aceptado y en el que yo, claramente, era el más beneficiado. Tanto fue así que, olvidando aquel incidente, el 23 de Julio de 1933 solicité la mano de Sereira y ella accedió ¡Qué decir! Bien es cierto que me faltaba la voz pero, excepto eso, tenía todo lo que un hombre puede ofrecer y todo lo que podría desear: una mujer hermosa como Sereira a mi lado que me amaba y que, como decía Mrs. Hill, sólo veía por mis ojos. Esa expresión siempre me resultó curiosa ya que yo, por motivos obvios, sólo hablaba por su voz.

         Fueron unos años felices durante los cuales nuestro amor se consolidó y la belleza de Sereira creció día a día. Nuestra unión nos había hecho distanciarnos de los demás, sin que ello implicase una falta de relación con el resto del mundo. De algún modo cada vez éramos más parecidos entre nosotros y más diferentes de los demás. Habíamos aprendido todo el uno del otro e incluso, los secretos no dichos, eran conocidos de forma mutua. Fueron años llenos de felicidad que, como no podíamos entender de otro modo, tocaron la cima cuando Sereira se quedó en cinta. Aquello fue todo un acontecimiento; el cúlmen de mi felicidad. ¡Un hijo, mi hijo! Sólo aquel que ha sido padre es capaz de entender cómo la adrenalina recorría mis venas estrangulando mi sangre, haciendo brotar lágrimas de alegría que se agolpaban en mis ojos y provocaban aquel estado de júbilo… ¡un hijo…! Lo importante es que naciese bien… Quizás fuese por mi carácter introvertido o, simplemente, un modo de actuación tipificado en los mudos pero, dentro de este conglomerado de sensaciones, no reparé en el detalle que, quizás, debiera haber sido el más significativo: Sereira. Ella estaba triste, con la mirada perdida y no; no podría decirse que no se alegrase de la noticia, pero su estado era otro… diferente. Realmente ella siempre había sido diferente pero, en una situación así… Lo importante es que viniese bien…

         Aquellos fueron unos meses ricos en sensaciones. Aprendí a cuidar a Sereira como no imaginaba que fuese capaz. A amarla, a atenderla, a… Sé que el pensamiento es machista pero, además de ser lo que más amaba en el mundo, ella era ahora también ese medio en el que el embrión de nuestro amor crecía día a día. Intenté mostrarme más cariñoso, más complaciente pero Sereira seguía permaneciendo fría, tan fría como había permanecido desde el día en el que me había comunicado la gran noticia. A pesar de esto, jamás podré culparla de no cuidarse: en ocasiones se obligaba a alimentarse de un modo estricto pensando en el desarrollo de nuestro futuro retoño. Era cuidadosa con sus horarios, posturas… todo lo que una futura madre puede plantearse con respecto a su primogénito. Ahora bien, si todo esto era de admirar, no podía obviar ese extraño brillo de tristeza en sus ojos, siempre melancólicos…

         Y por fin llegó el día. No hubo grandes ornamentaciones ni vítores sino, simplemente, Sereira rompió aguas. A pesar de ser un momento esperado y predecido por la comadrona (Mrs. Hill tampoco erró demasiado en la fecha), aquello nos desbordó. Sabíamos que contábamos con tiempo suficiente como para avisar a la comadrona e, incluso, para acudir al Hospital Saint Olave de Rotherhithe, una institución caritativa para gente humilde en Elephant and Castle, uno de los barrios más marginales y pobres de Londres, pero Sereira siempre quiso que su primogénito naciese en casa, y así habría de ser. Los preparativos estaban hechos y ya poco cabía esperar excepto la llegada del bebé.

         Fue casi en paralelo el primer grito de nuestra hija haciéndose con su nueva vida en contraste con la enérgica voz de la comadrona expulsándome a empujones de nuestro dormitorio. Solo, a las puertas de la habitación en las que tantas noches nos había sorprendido el alba sin querernos vestir, me sumergía en una mezcla de sentimientos encontrados, de miedos y esperanzas, de sensaciones de culpabilidad y alegría… todo hasta que oí aquel llanto de nuestra hija e, inmediatamente después, el grito desgarrador de Sereira, un grito esperado que supe entender desde el primer momento…

         Y es que al final todo iba tomando forma. Realmente no era otra cosa que el reconocimiento, en voz alta (si se le permite la ironía a este pobre mudo ya trastornado), de algo que ya empecé a barruntar incluso antes del incidente con Katty. De algún modo, y por ridículo que esto pudiera parecer, la belleza de Sereira, mi dulce Sereira, como si de un hechizado encanto de sirenas se tratara, tenía algo que ver con el amor y la voz. Y ya, ya sé que es imposible y es más, desconozco los detalles concretos pero nadie más que yo entiende esta realidad. En los momentos en que Sereira se conmovía, en los momentos en los que su amor más sincero afloraba, de alguna manera se “alimentaba” de la voz de su amado o amada. Así ocurrió conmigo. Así ocurrió con Katty… De algún modo esto estaba también relacionado con una infancia en la que se le tachaba de “especial”. Mi dulce Sereira, mi dulce sirena. Este era su gran secreto –si es que ella era consciente–, ésta era la causa de su extraño modo de ser, de su aura, de su dulzura. Sereira había vivido entre el miedo de amar a los demás, aún en el más fraternal de los sentidos, pensando en el daño que podía hacer precisamente a quien más quería. En mi caso ella asumió que ya no podía dañarme más, ya que había perdido mi voz por su amor y, entonces ¿por qué no seguir amándome? ¿Por qué arriesgarse a dañar a otros como lo había hecho conmigo? Sólo el mayor ejercicio de amor podía poner fin a esta locura de la que ni aun siendo partícipe podía llegar a entenderse. Ese máximo nivel de amor la obligó a elegir y, aunque me hubiese gustado pensar que tuviera algo que ver conmigo, se había producido en ese instante, al nacer nuestra hija. Una dulce niña blanca como la nieve y con un lacio pelo azabache ¡como su madre! Ahora entendía el porqué de la trágica muerte de la madre de Sereira y, por supuesto, no me hizo falta entrar en la habitación para saber qué había pasado con mi dulce sirena, cuando el eco de su voz aun llegaba desde esa maldita ventana.

         A partir de este punto de la historia, he de resignarme a aceptar lo que la policía me cuenta cada vez que me encuentra. En la última ocasión, ellos me dijeron de la manera que me habían hallado, y cómo estaba diciendo tantos disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el juicio; y yo he sentido en mí después acá que no todas veces le tengo cabal, sino tan desmedrado y flaco, que hago mil locuras, rasgándome los vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo en vano el nombre de mi amada Sereira.

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