Publicado por: JoseM
creado el Jun 07, 2010
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¡Por fin un atisbo de esperanza! Y no es que se pudiera considerar un triunfo, pero al menos en esta ocasión, no había obtenido una negativa rotunda, ¡quizás todo lo contrario! No hacía más de treinta minutos que había dejado en su casa a Jazmín y, el simple hecho de acompañarla, significaba mucho para mí. Mi duda era si también lo significaría para ella. Había consagrado prácticamente toda mi vida a conseguir su amor y por fin, aunque tenue, un luminoso rayo de esperanza alumbraba alguna posibilidad.
Esa tarde habíamos estado paseando y aunque mal está que yo lo diga, creo que mis dotes persuasivas sirvieron de algo. En esto jugaba a mi favor el desinterés que muchos jóvenes muestran ante el simple y básico juego de halagar a su dama. Sí, mi dama… Soy un romántico y además, un convencido de que a las mujeres les gusta sentirse agasajadas con múltiples cuidados, ¡y a quién no! Este es el motivo por el que basé mi estrategia de conquista y galanteo no sobre un cuerpo hercúleo o un flamante coche, sino en abrir mi corazón, esperando que aquella vez mi locuacidad acompañara y mi temple permitiese controlar la situación. ¡Y funcionó! Toda una tarde paseando... Acompañarla a su domicilio fue mucho más de lo previsto para aquella primera cita.
De regreso a casa, absorto en mis pensamientos, pensé que quizás, debiera ser prudente y no dejarme llevar por el entusiasmo. Cuanto más se asciende en ilusiones, más dura es la caída y, bien pensado, tan sólo había paseado unas horas con ella. Puede que incluso hubiera accedido por no contrariarme y que sólo fuera compasión lo que yo interpretaba como otra cosa. ¡Quién sabe!
Publicado por: JoseM
creado el Jun 07, 2010
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Antes de entrar en ningún otro tipo de cuestión, quisiera presentarme, ya que así debe comenzar cualquier exposición un buen Akan, de los grupos Asante y Fanti. Mi nombre es Kwame Kotoka y vivo en Kade, Ghana, un pequeño y pobre país –a pesar de nuestras abundantes reservas de oro, diamantes y petróleo– situado en el África Subsahariano. Tal vez haya sido nuestra riqueza natural la que nos ha llevado a esta situación de inestabilidad política, de continuos golpes de estado y de guerras entre etnias hermanas… Y quizá sea éste también el motivo por el cual muchos jóvenes nos vemos en la necesidad de emigrar, de descubrir en otras fronteras todo aquello que nuestra rica tierra nos niega. Resulta irónico pensar que no hace tanto, nuestro país era conocido como "Costa de Oro".
Mi historia, a decir verdad, es más bien la historia de mi buen amigo Alhaji Nkrumah y ese es el verdadero motivo por el cual hoy, aun con el cansancio de un duro día, me atrevo a contarla. Sé que mi relato no llegará a ningún sitio, pero es algo que de alguna manera los más jóvenes deberían conocer, aunque puede que en su inexperiencia atiendan más a otro tipo de mensajes: a aquellos que hablan de fortunas fáciles y de hermanos que consiguieron el éxito en otra tierra.
Mi relato se sitúa cuando conocí a Alhaji, cinco años atrás. Alhaji procedía, como casi todos, de una familia humilde de la región central, en Agona-Nyakrom. No obstante, tenía una vasta cultura fruto de cientos de libros devorados a lo largo de su vida. En él siempre destacó su triste figura: era alto, desgarbado y flacucho. Pero, sobre todo, se distinguía por su mente, llena de fantasía. Hay quien opina que era consecuencia del hambre; otros, que el Sol mermó su percepción de la realidad en las largas jornadas de trabajo. Lo cierto es que Alhaji tenía una lucidez poco común, capaz de ver lo invisible y permanecer impasible ante lo evidente.
Publicado por: JoseM
creado el Jun 07, 2010
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Fue un 13 de Octubre de 1908, como bien pudiera haber ocurrido en cualquier otra fecha. De hecho nada fue digno de recordar de aquel día y, ni tan siquiera, de aquel año exceptuando los Juegos Olímpicos –y no precisamente para bien– y que muy lejos quedaban de este escenario: el del nacimiento de Sereira. Además, y si por algún extraño motivo hubiese tenido algo de memorable esa fría noche de otoño londinense, la memoria -frágil por necesidad- se habría encargado de empañarlo con la trágica muerte de la madre de Sereira. Hay quien piensa que, ante determinadas situaciones antagónicas, debe prevalecer la de mayor trascendencia pero ¿Cómo evaluar una nueva vida frente a la muerte? Sólo el tiempo da la perspectiva necesaria para determinar qué fue lo realmente importante acaecido esa noche, pero… eso es cuestión de, precisamente, el tiempo.
Así, en la calle Brick Lane del East End de Londres, bajo esa niebla húmeda que acompaña las últimas horas del día, nació Sereira; una preciosa niña blanca como la nieve y con un lacio pelo azabache que hacía resaltar sus aún escasamente perfiladas facciones infantiles. Pero a pesar de ser sólo un bebé de rasgos poco definidos, como se le presuponen a una niña de escasas horas de vida, Sereira tenía algo que llamaba la atención. Desde su primer llanto, provocado por los obligados azotes de la comadrona que atendió a su madre momentos antes del trágico final, hasta esa mirada perdida de quien aún no es capaz de ver, pero sí de intuir, denotaba algo diferente en ella. De algún modo se percibía que Sereira era una niña especial, si bien resultaba imposible determinar qué es lo que le hacía distinta de otras niñas. Pero todo a su tiempo…
La cuestión es que nadie llegó a entender cómo pudo llegar a pasar. Fue en el instante en el que la hija irrumpía en el mundo con sus llantos, a trompicones, haciendo uso de su recién estrenada vida, cuando la desdichada madre, aún agotada por un parto nada sencillo y que de una cesárea hubiera requerido, buscó sus últimas fuerzas para abandonarlo. De un modo silencioso, casi tímido, la mujer avanzó el escaso metro y medio que separaba aquel amarillento catre de la ventana del tercer piso desde la que se precipitó sobre los adoquines húmedos y brillantes por el reflejo de la exigua luz de las farolas. Todo ocurrió en un segundo, mientras los presentes dedicaban su atención a aquella criatura de poco más de dos kilos que acababa de ser parida. Recién nacida y huérfana a la vez, todo en el mismo instante.